jueves, 22 de septiembre de 2016

IV SEMINARIO UNIVERSITARIO SOBRE FOTOGRAFÍA Y PSICOLOGÍA 2017



Actividad autorizada con reconocimiento de créditos por la Universidad de Sevilla.

Profesor: Alfredo Oliva Delgado. Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación
Universidad de Sevilla.

OBJETIVOS:
- Conocer algunas de las aportaciones más interesantes de la psicología al estudio de la fotografía y la imagen.
- Comprender las principales leyes de la composición fotográfica desde un punto de vista psicológico.
- Utilizar algunos conceptos y teorías psicológicas para mejorar la técnica fotográfica.
- Realizar una lectura de imágenes y fotografías a partir de conocimientos psicológicos.
- Conocer las relaciones entre psicología y estética
- Acercarse al conocimiento de la fotografía como terapia y método de autoconocimiento

CONTENIDOS:
Principales aportaciones de la psicología al estudio de la fotografía y la imagen. Relaciones entre sensación, percepción e imagen en fotografía, los modelos de apreciación y juicio estético o la psicología de la creatividad aplicada a la fotografía. Memoria y narrativa fotográfica. La fotografía terapéutica.

Horas dedicadas : 25            Nº créditos ECTS autorizados: 1      Nº de créditos LRU: 2,5

Calendario: Martes 7 , 14, 21 y 28 de marzo de 2017 y 4 y 18 de abril en horario de 17.00 a 21.00
Nº plazas : 20

Lugar: Seminario de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Facultad de Psicología DE LA Universidad de Sevilla.

Destinatarios: Todos los alumnos de la Universidad de Sevilla.

Persona contacto: Alfredo Oliva Delgado 

Inscripción libre y gratuita: envía un email a oliva@us.es con tus datos, indicando tu Facultad, curso y nivel de conocimientos sobre fotografía.


Tfno. info. 954557695            Email info.: oliva@us.es

jueves, 5 de noviembre de 2015

III SEMINARIO UNIVERSITARIO SOBRE FOTOGRAFÍA Y PSICOLOGÍA..


Actividad autorizada con reconocimiento de créditos por la Universidad de Sevilla.

Profesor: Alfredo Oliva Delgado. Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación
Universidad de Sevilla.

Objetivos:
- Conocer algunas de las aportaciones más interesantes de la psicología al estudio de la fotografía y la imagen.
- Comprender las principales leyes de la composición fotográfica desde un punto de vista psicológico.
- Utilizar algunos conceptos y teorías psicológicas para mejorar la técnica fotográfica.
- Realizar una lectura de imágenes y fotografías a partir de conocimientos psicológicos.
- Conocer las relaciones entre psicología y estética

Contenido:
Principales aportaciones de la psicología al estudio de la fotografía y la imagen. Relaciones entre sensación, percepción e imagen en fotografía, los modelos de apreciación y juicio estético o la psicología de la creatividad aplicada a la fotografía. Memoria y narrativa fotográfica. La fotografía terapéutica.

Horas dedicadas : 25 Nº créditos ECTS autorizados: 1 Nº de créditos LRU: 2,5
Calendario: Martes 1, 8, 15 y 29 de marzo y 5 y 19 de abril de 2016 en horario de 17.00 a 21.00

Nº plazas : 20

Lugar: Seminario de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Facultad de Psicología.

Destinatarios: Todos los alumnos de la Universidad de Sevilla.

Persona contacto: Alfredo Oliva Delgado
Inscripción Libre: envía un email a oliva@us.es con tus datos, indicando tu Facultad, curso y nivel de conocimientos sobre fotografía.
http://servicio.us.es/academica/sites/default/files/servicios/planes/Actividades_pendientes_30-10-15.pdf

Tfno. info. 954557695 Email info.: oliva@us.es
http://reflexionesfotografia.blogspot.com.es/

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Libro sobre Desarrollo Positivo Adolescente



Si a lo largo de todo el siglo XX  el estudio del déficit y la patología tuvo una presencia casi absoluta en el campo de la Psicología, el cambio de siglo trajo consigo aires renovados, con la aparición de nuevos enfoques y modelos que poco a poco han ido recibiendo más atención por parte de investigadores y profesionales de la intervención. En la actualidad, algunos conceptos como psicología positiva, bienestar, resiliencia, competencia o desarrollo positivo empiezan a ganar terreno y  a ser conocidos, no sólo por estos profesionales sino incluso por la población general. Se trata de un cambio de enfoque que entronca claramente con una tradición, presente en las ciencias sociales y de la salud a lo largo de las últimas décadas del siglo pasado, que consideró como objetivos fundamentales tanto la promoción de la salud y el desarrollo como el estudio de los aspectos positivos del ser humano.
La Psicología de la Adolescencia no ha sido ajena a este cambio, y es que este ha sido un ámbito en el que la patologización y las concepciones negativas acerca de jóvenes y adolescentes fueron predominantes durante mucho tiempo.  Por ello, no ha sido extraño que la mayor parte de la investigación e intervención estuviera dirigida a la prevención de los problemas y conductas de riesgo más frecuentes durante esta etapa evolutiva, tales como la violencia, las prácticas sexuales de riesgo o el consumo de sustancias. El modelo de partida era similar al modelo médico tradicional, y la ausencia de problemas era considerada un sinónimo de desarrollo saludable. Precisamente para hacer frente a la visión negativa y sensacionalista de la adolescencia y a los modelos de intervención centrados en el déficit, surge el modelo de desarrollo positivo. Un modelo renovado que considera que la adolescencia es una etapa de muchas oportunidades, ya que chicos y chicas tienen mucha  plasticidad y grandes potencialidades a desarrollar; y que adopta una nueva perspectiva centrada en la promoción de la competencia y el bienestar, y pone el énfasis en el estudio de las condiciones familiares y sociales que favorecen el desarrollo positivo de los jóvenes. Y es que los estudios recientes en el campo de las neurociencias indican que la plasticidad del cerebro durante la adolescencia es similar a la del cerebro durante los primeros años de vida, y superior a la que muestra durante la niñez tardía o la adultez. Una plasticidad que afecta fundamentalmente a las zonas cerebrales encargadas de funciones  cognitivas superiores tales como el razonamiento lógico, la planificación o la auto-regulación. Por ello, las experiencias vividas por chicos y chicas adolescentes durante los años que siguen a la pubertad van a resultar determinantes para el desarrollo de estas funciones.
Este libro surge con la vocación de ofrecer una visión actualizada y sistematizada del modelo de desarrollo positivo adolescente. El texto se encuentra dividido en tres partes. En la primera parte, además de presentar dicho modelo,  describiendo las aportaciones más representativas realizadas por importantes autores, se revisa el papel que los contextos en  los que transcurre la vida de chicos y chicas adolescentes tienen en la promoción de su desarrollo. Así, se repasa la evidencia disponible acerca de la influencia que distintos factores o activos presentes en la familia, la escuela, los iguales o el barrio de residencia tienen sobre el ajuste psicológico y el desarrollo positivo adolescente. También se presentan los resultados de un estudio llevado a cabo en Andalucía con el objetivo de aportar más evidencia empírica acerca de la importancia de estos contextos para el desarrollo de los jóvenes andaluces.
La segunda parte, de carácter eminentemente práctico, ofrece sugerencias sobre estrategias útiles para fomentar los activos familiares, escolares y comunitarios que promueven el desarrollo adolescente. Es decir, trata de proporcionar herramientas que permitan a los profesionales de distintos ámbitos ­­­trabajar de cara a mejorar los contextos de desarrollo de los adolescentes. El capítulo dedicado a la familia apunta a la importancia de promover la parentalidad positiva durante la adolescencia, describiendo tanto el formato como los contenidos que debe incluir todo programa dirigido a la promoción de dicha parentalidad. Los capítulos dedicados a la escuela y a la comunidad o barrio ofrecen igualmente un buen puñado de estrategias para ajustar estos contextos a las necesidades de chicos y chicas adolescentes de forma que puedan desarrollarse en ellos de forma saludable y positiva, yendo más allá del fomento del rendimiento académico o de la prevención de problemas y conductas de riesgo.
Finalmente, en la tercera parte se revisan a fondo tanto  los programas escolares como los extraescolares que tienen como finalidad  la promoción del desarrollo positivo adolescente, describiendo sus objetivos, el papel de los profesionales o las claves que determinan su eficacia. También se hace referencia a algunos  de los programas más conocidos y eficaces, realizados dentro y fuera de España.
Se trata pues de un libro novedoso que  trata de superar las concepciones sesgadas y pesimistas y los modelos excesivamente centrados en el déficit y la patología, ofreciendo una visión positiva y optimizadora de los adolescentes y de su desarrollo. Un enfoque que considera que los adolescentes no representan un problema que hay que resolver, sino un recurso con muchas competencias por desarrollar cuando los contextos en los que transcurre su vida cotidiana les ofrecen oportunidades positivas. Es también un libro que combina el rigor propio del investigador académico con un indudable afán didáctico. Por ello puede resultar de utilidad tanto para el estudiante o profesor universitario, como para profesionales de diversos ámbitos o, incluso, para madres y padres de adolescentes que quieran entender mejor  a sus hijos o hijas.

 Como se refleja en el índice de este libro, su redacción no hubiera sido posible sin la participación de un nutrido grupo de profesores y profesoras de las universidades de Sevilla y Huelva. Todos ellos configuran un equipo que durante los últimos años ha venido trabajando de forma intensa en el ámbito del desarrollo positivo adolescente. Como coordinador de este libro, quiero agradecerles el esfuerzo y el rigor que han demostrado en la elaboración de los diferentes capítulos. También agradezco a la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía el apoyo económico que a lo largo de la última década ha venido prestando a algunos de nuestros proyectos. Sin el esfuerzo de unos y el apoyo de otros este libro no habría sido posible.

http://www.sintesis.com/biblioteca-de-psicologia-107/desarrollo-positivo

lunes, 7 de septiembre de 2015

De Roland Barthes a la fotografía terapéutica


                                Roland Barthes

Cuando en 1980 Roland Barthes publicó "La cámara Lúcida" puso la primera piedra de lo que hoy denominamos fototerapia o fotografía terapéutica. En su libro, Barthes analizaba la fotografía poniendo énfasis en los sentimientos o emociones que provoca. Así, la diferencia que estableció entre lo que denominó studium y punctum probablemente se haya convertido en una de las aportaciones más interesantes y populares en el mundo de la fotografía. Con el studium hizo referencia a las fotografías, o los aspectos de una fotografía, ordinarios y de interés general que pretenden provocar un efecto en la mayoría de observadores. La intención del fotógrafo es informar, sorprender, comunicar o provocar un deseo en el espectador, de una forma visible. Mediante la composición y las referencias culturales, el fotógrafo va a conseguir que el espectador medio comprenda la foto, aunque la emoción que sentirá será de baja intensidad. A juicio de Barthes, son fotos que pueden atraer y gustar, pero que no llegan a enamorar. En cambio, el punctum es ese elemento aparentemente irrelevante de la fotografía pero que provoca una intensa reacción emocional. Algo que salta de la imagen para sacudir con fuerza el mundo emocional del observador. El punctum genera una combinación de emociones y recuerdos que pueden provocar nostalgia, angustia o incluso dolor, al traer a la mente algunos sucesos difíciles del pasado que tienen una fuerte carga afectiva que perturben el equilibrio emocional.

Este concepto de punctum ha recibido apoyo por parte de la investigación psicológica, que sugiere que algunos estímulos significativos, tanto a nivel biológico como social, atraen poderosamente la atención humana. Estos estímulos harán que algunas fotografías nos atrapen, aunque no tengamos muy claro por qué, y sobresalgan por encima del resto. Y la idea básica de la fototerapia es que esas imágenes pueden estar relacionadas con algunos acontecimientos de nuestra vida que permanecen ocultos a nuestra conciencia, y que en ocasiones pudieron resultar traumáticos. Esos elementos incluidos en la foto servirán de pistas que facilitarán el recuerdo.

Una característica de las experiencias traumáticas es que permanecen en la memoria por largo tiempo, aunque no seamos conscientes de ello. Y lo problemático es que en dichas experiencias, las diferentes partes de la memoria asociadas al suceso no están integradas y aparecen disociadas. Son piezas de información encapsuladas que no pueden ser comprendidas o verbalizadas o conectadas con nuestra propia historia de vida, y que en algunas ocasiones pueden causar trastornos psicológicos.

El visionado de fotografías, que pueden ser tanto autobiográficas como ajenas al sujeto, proporcionará la oportunidad para rememorar algunas situaciones y hablar con el terapeuta sobre ellas con más comodidad. A veces puede ser una simple objeto presente en la foto, el que nos punce; en otras ocasiones será un gesto o expresión facial, el que nos haga revivir una emoción. En cualquier caso, la fototerapia proporcionaría un medio para procesar de forma exitosa una experiencia traumática, y permitiría llegar a una situación en que los recuerdos del trauma se convierten en una parte integral de la vida de la persona, lo que le ayudaría a superarlo. Pero la fotografía también puede ser una herramienta que nos ayude a conocernos mejor a nosotros mismos, con independencia de que se emplee en un contexto terapéutico.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Padres y madres promueven el autocontrol de sus hijos e hijas



Probablemente no haya ninguna otra competencia personal que  tenga mayor impacto en nuestras vidas que el autocontrol, es decir, que la capacidad para controlar nuestros pensamientos, emociones y comportamientos. Sobre esa base auto-reguladora se van a construir muchos de los rasgos y competencias que nos definen como personas  y que influirán poderosamente en nuestros éxitos y en nuestros fracasos. Más incluso que la inteligencia. Al menos eso indican algunos estudios que encuentran que la motivación y el autocontrol son mejores predictores del éxito escolar que la inteligencia. Y no hay razones para pensar que las cosas van a ser diferentes durante la vida adulta. El autocontrol va a impedir que caigamos en distracciones y tentaciones, o que desarrollemos adicciones, y  va a facilitar que mantengamos la atención y el esfuerzo a la hora de conseguir  nuestros objetivos a medio o largo plazo, demorando las gratificaciones inmediatas.

Aunque el autocontrol, al igual que otros rasgos psicológicos, es en parte heredable, la influencia que recibe de los genes es menor que la que reciben otros rasgos como la inteligencia, lo que deja mucho campo para que pueda ser fomentado y educado. Y la buena noticia es que madres y padres pueden hacer mucho para promover el autocontrol en sus hijos.  Un control que primero será externo, durante los años de la infancia, y que poco a poco se irá interiorizando hasta que dos décadas después el bebé dependiente e inmaduro se convierta en una persona adulta capaz de autorregularse sin ninguna ayuda externa. Para que este proceso se desarrolle con normalidad será necesario que el niño o niña disponga de tres condiciones: 1) seguridad emocional para hacer este desplazamiento desde el control externo a la autorregulación,  2) competencias o habilidades que le permitan saber cómo actuar de forma independiente y 3) confianza en sí mismo para afrontar retos y asumir responsabilidades.

Y tres son también las características que muestran aquellos padres y madres que promueven el autocontrol de sus hijos. En primer lugar, muestran  afecto y apoyo, y responden a las necesidades emocionales de sus hijos. Cuando los niños se sienten queridos, desarrollan el sentimiento de que el mundo es un lugar tranquilo y seguro que pueden explorar sin miedos. En cambio, si los padres se muestran fríos y distantes esa seguridad no va a llegar. Y la seguridad en uno mismo es esencial para la autorregulación. En segundo lugar, se muestran firmes y consistentes poniendo límites a la conducta de sus hijos. Se trata de padres y madres que establecen reglas, que las exponen y justifican ante sus hijos, y que exigen su cumplimiento. Estas reglas y límites serán interiorizadas a lo largo de la infancia, por lo que deberán ir desapareciendo durante la adolescencia para dar pasa a la autorregulación. Estos límites ayudan al niño o niña a sentirse seguro. Cuando esa estructura o control externo falta, el control interno no se desarrollará de forma adecuada. En tercer lugar, se trata de madres y padres que apoyan y estimulan  la autonomía de sus hijos Padres que les animan a que tomen sus decisiones y que hagan cosas por sí mismos, sin miedo a equivocarse o fracasar. Y ello lo hacen de forma gradual y usando una especie de andamiaje que van retirando poco a poco. Por ejemplo, cuando permiten que su hijo o hija permanezca por primera vez sólo en casa durante un corto periodo de tiempo mientras visitan a algún vecino.  Ello permitirá que practique y desarrolle la regulación de sus emociones, permaneciendo tranquilo; de sus pensamientos, no preocupándose de forma ansiosa y obsesiva acerca de su regreso; y de su comportamiento, evitando hacer algo que tampoco haría si sus padres estuviesen en casa.

Por lo tanto, si el autocontrol es un fuerte predictor del ajuste y éxito en la vida, y si es mucho lo que padres y madres pueden hacer de cara a su promoción, es evidente que tenemos una responsabilidad que no podemos eludir. No podemos estar echando balones fuera culpando exclusivamente a los genes o a las malas influencias de los iguales algunos de los comportamientos y actitudes que observamos en nuestros hijos.


domingo, 28 de junio de 2015

La empatía y la defensa del Estado de Bienestar


La empatía es la capacidad de comprender y responder a los sentimientos y estados emocionales de otras personas. Es una especie de wi-fi emocional que nos conecta y nos  permite compartir la experiencia emocional de los demás y entenderlos mejor. Se trata de una competencia básica para las relaciones interpersonales que fomenta la prosocialidad y la compasión. Por lo tanto, cabe esperar que las personas más empáticas se muestren más partidarias de las políticas sociales de ayuda y  apoyo a los grupos más necesitados, y respalden el Estado del Bienestar frente a las políticas de corte neoliberal.

Pues eso precisamente es lo que han encontrado diversos estudios realizados en Estados Unidos, con el añadido de hallar una clara diferencia en empatía entre quienes tienen una ideología de izquierdas y quienes se muestran más conservadores: la izquierda es más empática que le derecha. Hasta aquí todo parece coherente, aunque conviene aclarar que el hecho de que aparezcan diferencias significativas entre izquierda y derecha, no excluye en absoluto la existencia de conservadores con niveles altos de empatía.

Y esto puede resultar contraintuitivo, si tenemos en cuenta el desprecio que la derecha siente hacia el Estado de Bienestar ¿cómo adoptan ideologías conservadoras quienes se ¿cómo adoptan ideologías conservadoras quienes  muestran empatía hacia los necesitados? Sin duda, los conservadores empáticos van a vivir una situación de conflicto incómodo o disonancia cognitiva en la que su empatía hacia los necesitados y su conservadurismo chocarían de pleno.  La respuesta a ese conflicto no es otra que la de aumentar los prejuicios hacia esas minorías necesitadas atribuyéndoles rasgos negativos y toda la responsabilidad de su fracaso social. Es decir, soy empático pero sólo con los míos, no con esa escoria social que sólo pretende vivir a costa del Estado. Una solución parecida a la que adoptan los nacionalismos excluyentes.

Lo curioso es lo que han encontrado Stanley Feldman y sus colegas de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook: mientras que entre la izquierda una alta empatía se asocia a un mayor apoyo las políticas sociales del Estado de Bienestar, entre los conservadores ocurre todo lo contrario, pues son los más empáticos quienes más se oponen a dichas políticas. Aunque resulta paradójico, este hecho puede deberse a que probablemente estos sujetos deben hacer una mayor esfuerzo compensatorio para reducir esa disonancia cognitiva. Un esfuerzo que pasa por adoptar fuertes prejuicios hacia minorías desfavorecidas y oponerse al estado de Bienestar. Por lo tanto, casi es preferible contar con conservadores fríos e insensibles que con conservadores empáticos que rechacen tajantemente el Estado de Bienestar y que tranquilicen su conciencia con obras de caridad.


lunes, 15 de junio de 2015

Redes sociales y bienestar psicológico




Arrastran mala prensa las redes sociales y suelen ser vistas con cautela por padres y adultos en general, tal vez porque nuestra generación creció inmersa en los contactos cara a cara más que en los virtuales. Tendemos a desconfiar de las nuevas tecnologías porque cambian los estilos de vida a los que estamos acostumbrados, sobre todo cuando son usadas por la nuevas generaciones. Y es que todo lo joven levanta sospechas. Por otra parte, los primeros estudios que se llevaron a cabo, a finales de los 90 y a principios de siglo, para analizar los efectos del uso de Internet encontraron que un uso intensivo estaba relacionado con soledad, depresión y aislamiento social. Se trataba de investigaciones muy elementales que no entraban a distinguir entre los tipos de uso, y los motivos o actividades realizadas en la red, y trataban la navegación por Internet como una singladura fija y dirigida a un mismo puerto. Así, la evidencia empírica parecía confirmar el estereotipo dominante: quienes navegaban con frecuencia por la red no eran sino jóvenes frikis y asociales.

Sin embargo, los estudios más recientes muestran un panorama bien diferente. Cuando se analiza la participación en las redes sociales, tales como Facebook o MySpace, por lo general se encuentran resultados positivos en jóvenes y adolescentes: una mayor autoestima, un mayor bienestar psicológico y un  mayor apoyo social. Y es que los adolescentes que más participan en estas redes suelen experimentar más interacciones positivas y tener más amistades.

Pero ¿a qué se debe este cambio en lo que nos indican los estudios? ¿Por qué lo que hace años parecía ser un factor de riesgo ahora se convierte en un recurso o activo que favorece el desarrollo de chicos y chicas? Como comentaron Valkenburg y Peter (2009), puede que dos cambios en el uso de Internet nos ayude a entender esta aparente paradoja. Por un parte, cuando se llevaron a cabo los estudios pioneros era difícil mantener contactos virtuales con las amistades ya existentes, ya que pocas de ellas ya estaban online. Las aplicaciones existentes en Internet se limitaban a chat rooms o foros que estaban pensados para facilitar las interacciones con extraños. Era inusual departir con conocidos. En la actualidad la situación es bien diferente puesto que tanto amigos como familiares suelen estar conectados. Los adolescentes no suelen unirse a Facebook para interactuar con extraños sino porque sus amigos ya son miembros y los invitan a participar.

Por otra parte, estas nuevas aplicaciones están diseñadas para facilitar la interacción y comunicación a través de redes, mientras que anteriores usos de internet se centraban en un proceso individual de presentación o búsqueda de información en el que la interacción con otros era poco frecuente. No trataban de crear o mantener redes sociales como hacen las aplicaciones más usadas hoy día, que según un estudio reciente realizado en EEUU son Twitter, Instagram y, sobre todo, Facebook, que está dejando atrás a sus rivales, tanto en adultos como en adolescentes.


Resumiendo, lo que indican los datos disponibles es que aunque tanto Internet como las redes sociales puedan tener algunos riesgos asociados a su uso, no es posible mantener el estigma que han arrastrado a lo largo de la última década. Los beneficios parecen superar claramente a los riesgos.

martes, 21 de abril de 2015

El dulce recuerdo de los placeres adolescentes (o cómo los placeres se atenúan con la edad)

                                 Fotografía: Bruce Davidson
Mi adolescencia, como la de quienes al igual que yo pasan de los cincuenta, queda bastante atrás, sin embargo conservo un vívido recuerdo de muchas de las vivencias de aquellos años. Podría asegurar que el paso del tiempo no ha alterado en lo más mínimo su huella en mi memoria. Se trata de una experiencia bastante generalizada que los psicólogos hemos denominado "reminiscence bump", y que nos muestra como los acontecimientos de los años de la adolescencia aparecen en nuestros recuerdos con más frecuencia que los ocurridos en otras etapas de la vida.

Podríamos pensar que se debe a que nuestra memoria funciona mejor durante esos años, y que luego se va deteriorando con la edad. O que en esa época nos ocurren cosas muy importantes. O que las recordamos mejor porque las vivimos por vez primera: el primer beso, el primer concierto, o el primer viaje con los amigos.  Sin embargo, ninguna de esas explicaciones basta para justificar la fuerza de esos recuerdos. Y es que la memoria no se debilita a partir de la tercera década de la vida y continúa mostrándose tan eficaz a los 30 o a los 40 años como durante la adolescencia. Tampoco parece deberse a que los acontecimientos de esos años sean especialmente importantes. En mi caso, y probablemente también en el del lector, a partir de los 20 años, y no antes, viví las experiencias más relevantes de mi vida, a nivel personal y profesional (finalización de estudios, primeros trabajos, matrimonio, nacimiento de hijos, viajes). Por lo tanto, esa hipótesis tampoco nos sirve. Nos queda una última posibilidad, la de que se trate de sucesos vividos por vez primera y con  mucha carga emocional. Pues tampoco parece que vayan por ahí los tiros, ya que esos acontecimientos relevantes y con carga emocional son recordados tanto si ocurrieron cuando teníamos 18 años como si tuvieron lugar cuando éramos adultos. Por otra parte, los recuerdos de la adolescencia incluyen muchas experiencias relativamente ordinarias e insignificantes. Sucesos que de ocurrir años más tarde nuestra memoria no se hubiese ocupado en registrar.


Vayamos al grano, la explicación de este "reminiscence bump" tiene que ver con lo que sucede en nuestro cerebro, concretamente en nuestro sistema meso-límbico, durante los años adolescentes. Este sistema cerebral, que utiliza la dopamina como neurotransmisor principal, es el responsable de las sensaciones placenteras que nos llevan a que queramos repetir actividades que nos generan placer. Pues bien, ocurre que tras la pubertad las hormonas sexuales cambian la química cerebral aumentado la concentración de receptores de dopamina. Eso supone que muchas de las experiencias durante esos años serán vividas con una gran intensidad. En ningún otro momento de la vida un beso, un viaje, una película, una canción o un poema nos generarán tanto placer, y nos dejarán una huella tan profunda, como en esa etapa en la que nuestro sistema meso-límbico se hallaba hipersensibilizado. Pues eso es lo que hay, si queremos sentir lo mismo vamos a tener que aumentar la dosis.

jueves, 16 de abril de 2015

Las nuevas tecnologías y el adelanto de la pubertad




Leo en un libro reciente de Laurence Steinberg: "Una colega del Departamento de Población, Familia y Salud Reproductiva del la Universidad Johns Hopkins me dijo recientemente que ella y sus colegas están viendo chicas que tienen su primera menstruación en segundo grado (eso son unos 7 años). Esto quiere decir que una proporción significativa de chicas -sobre todo chicas urbanas de raza negra- están mostrando los primeros síntomas de desarrollo sexual puberal en el jardín de infancia"

Tal vez pueda resultar exagerado, pero los datos son contundentes, la pubertad se ha adelantado bastante en las ultimas décadas, y los chicos y chicas están llegando hoy día a la adolescencia un promedio de unos dos años antes que sus padres. El adelanto que se produjo durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX se debió fundamentalmente a la mejora en la alimentación y la salud, tanto de la madre como del menor. A más salud y mejor alimentación, maduración sexual más precoz. Sin embargo, aunque en países como EEUU esas condiciones se han estabilizado hace décadas, la pubertad ha seguido adelantándose, de forma que desde los años 70 hasta la actualidad la edad de la primera menstruación de las chicas ha bajado unos dos años ¿A qué se debe entonces este adelanto de la pubertad?

Podríamos decir que una parte importante de la responsabilidad recae sobre las nuevas tecnologías de la información y comunicación. Tal vez, el lector se muestre sorprendido ante una afirmación tan categórica, y no me sorprende. Vayamos pues por partes, y expliquemos en qué se basa dicha afirmación.

En la inicio de la pubertad se hallan implicadas algunas proteínas secretadas en nuestro organismo. La primera es la kisspeptina que desencadena una serie de procesos neuroquímicos que culminan con la maduración de las gónadas sexuales (testículos y ovarios), dando inicio a los cambios puberales. Pero la producción de kisspeptina se ve afectada por dos hormonas, la leptina y la melatonina. La primera regula el apetito y es generada por las células de grasa del cuerpo del niño o niña, de forma que cuando hay más grasa en el cuerpo del menor, la leptina va a indicar al cerebro que éste ha madurado lo suficiente como para asumir los cambios físicos propios de la pubertad. Ello justifica que las niñas y niños con sobrepeso experimenten antes esos cambios. En cuanto a la melatonina, se trata de una hormona que regula los ciclos de sueño y vigilia, y que nuestro organismo secreta con la oscuridad, de forma que cuando cae la noche y aumentan sus niveles, sentimos sueño y ganas de ir a la cama. Pues bien, cuando los niveles de melatonina son más bajos la pubertad se anticipa. Por eso, en los países cercanos al ecuador, en los que hay más horas de luz natural, chicos y chicas maduran antes.

Pero qué tienen que ver las nuevas tecnologías como estas hormonas de nombre tan extraño. Es posible que algunos ya estéis intuyendo la respuesta. Los niños y niñas de la generación actual son más sedentarios, pues pasan muchas horas frente a pantallas de dispositivos digitales (televisión, tabletas, ordenadores, móviles). La ausencia de actividad física hace que el porcentaje de menores con sobrepeso haya aumentado, lo que quiere decir que sus niveles de leptina serán más elevados, y la pubertad llamará a su puerta antes. Pero esas horas frente a la pantalla también disminuirán los niveles de melatonina, que se muestra tan sensible a la luz natural como a la artificial. Y la mayoría de chicos y chicas pasa las últimas horas de la noche recibiendo esa luz artificial generada por la pantalla del ordenador o televisor que tienen en su cuarto. Por lo tanto, esos bajos niveles de melatonina serán interpretados por sus cerebros como una señal para poner en marcha los mecanismos que inician la pubertad.

Naturalmente, no esos los únicos factores contextuales influyentes. Hay que mencionar también el mayor número de niños con bajo peso al nacer que sobreviven hoy día, ya que estos niños suelen tener niveles más elevados de insulina, lo que está asociado al sobrepeso y a la producción de hormonas sexuales que aceleran la pubertad. Algunos estudios recientes también han encontrado relación entre el consumo de bebidas azucaradas y la pubertad precoz.

Otros disruptores endocrinos favorecedores del adelanto puberal se han encontrado en los plásticos, los pesticidas usados en la agricultura intensiva, y en productos cárnicos y lácteos. Probablemente por el uso de hormonas para engordar el ganado.

Por lo tanto, parece que hay razones suficientes que justifican este adelanto de la pubertad, algo que resulta muy preocupante, ya que una pubertad adelantada es un claro factor de riesgo para el desarrollo de problemas tanto emocionales, como comportamentales y relativos a la salud. Aunque ese será un tema que abordaré en otra entrada.

viernes, 10 de abril de 2015

Por qué los niños de menos de dos años no deben ver la televisión




Aunque en la actualidad la televisión tiene que competir con otras nuevas tecnologías que se han introducido en nuestros hogares de forma masiva, como son los ordenadores, las tabletas o los móviles, en los tres primeros años de vida la pantalla del televisor continúa siendo la reina indiscutible de la casa. Niños y niñas pequeños pasan una gran parte del día viendo programas de vídeo y televisión. Según indican algunos estudios, entre un 30% y un 40% por ciento del tiempo que pasan despierto lo hacen frente a una pantalla.

Las razones son  diversas: madres y padres muy ocupados que encuentran en la televisión una eficaz niñera; amplia oferta de programación infantil; mayor número de aparatos de reproducción en los hogares; publicidad engañosa que hace ver a los padres los beneficiosos efectos que algunos programas tienen para el desarrollo infantil. Sin embargo, los datos disponibles actualmente apuntan a un efecto negativo de este consumo masivo de televisión cuando tiene lugar en los primeros años de vida. Tan es así que la Academia Americana de Pediatría desaconseja el consumo de televisión en los dos primeros años.

Los efectos negativos se hacen notar en el desarrollo del lenguaje y la inteligencia, pero sobre todo, en el de la atención. En todos los casos se observa un peor desarrollo en los niños y niñas que pasan más tiempo frente a la pantalla. No es extraño que esto ocurra, si tenemos en cuenta que durante la primera infancia tiene lugar un importante desarrollo del cerebro que necesita nutrirse de la estimulación ambiental. Y los niños no aprenden de la misma manera de la realidad que de lo que ven en la televisión. La realidad permite a los pequeños interactuar,  manipular, apilar, empujar, oler, tocar, mientras que frente al televisor su actitud es mucho más pasiva.

Los efectos negativos pueden deberse a dos razones. En primer lugar a las mismas características del medio, que emplea bruscos sonidos, rápidos cambios de plano y luces llamativas, en un intento eficaz de atraer la atención aún frágil de los pequeños.  Algo que representa un exceso de estimulación para su cerebro inmaduro. En segundo lugar, porque ese tiempo dedicado a la televisión les priva de otro tipo de actividades más apropiadas para su corta edad. Sobre todo el juego interactivo con un adulto.
Pero si en términos generales, los efectos parecen ser indeseables, hay que tener en cuenta tanto el contenido de los programas como el contexto en que se ve la televisión. En cuanto al contenido, los datos disponibles indican que son especialmente indeseables aquellos programas violentos o con mucha acción, que generan una gran sobre-estimulación que desborda al cerebro infantil. Más recomendables son programas reposados y educativos tipo Barrio Sésamo. En relación con el contexto, las consecuencias más negativas se observan cuando el niño ve la televisión solo y de forma muy pasiva.  Es mucho mejor que la vean acompañados de adultos que aprovechen las situaciones que aparecen en la pantalla para interactuar con el menor, preguntando, nombrando o  anticipando todo lo que ocurre. No obstante, conviene recordar que los libros con dibujos se prestan mucho mejor a esa interacción niño-adulto  tan beneficiosa para el desarrollo infantil.


Por lo tanto, ya sabes, si tienes hijos o hijas menores de dos años evita en la medida de lo posible que vean programas de video o televisión, incluso aquellos dirigidos a la infancia. Por encima de esa edad, procura limitar las horas que pasan ante el televisor y selecciona con cuidado la programación. A esas edades, hay muchas actividades alternativas que fomentan mucho mejor la creatividad y el desarrollo infantil.

martes, 7 de abril de 2015

Supervisión y revelación parental durante la adolescencia


Aunque con frecuencia control y supervisión tienen a ser considerados como sinónimos, y obviamente están muy relacionados entre sí, es interesante diferenciar  entre ambas dimensiones. Así, si el control hace referencia al establecimiento de límites y a las exigencias de madurez y de responsabilidad, la supervisión se refiere fundamentalmente al conocimiento de las actividades que realiza y de los lugares y amigos que frecuenta el adolescente. Al igual que ocurría con el control, la supervisión ideal debe estar ajustada a la edad y grado de madurez del chico o chica, y puede resultar perjudicial tanto su carencia como su exceso. En general, es muy importante que los padres estén informados de lo que hace su hijo o hija, y para ello es necesario que se interesen por él, le pregunten y conozcan a sus amigos y amigas, para evitar algunas situaciones de riesgo que pudieran estar produciéndose. Ya hemos comentado anteriormente que la carencia de supervisión y de control suele llevar a problemas comportamentales, incluso cuando la relación entre padres e hijos es afectuosa. Pero igualmente deben evitar los padres mostrar una actitud inquisitorial o policial, interrogando a sus hijos acerca de algunos asuntos que ellos legítimamente pueden considerar privados, y que pueden llevar a que el adolescente se muestre aún más hermético en un intento de defender su esfera personal. De acuerdo con algunos estudios recientes, la forma más eficaz de supervisar es la revelación, es decir cuando son los mismos adolescentes quienes informan a sus padres acerca de sus actividades y amigos. Y esto suele ocurrir cuando existe confianza y una buena comunicación entre padres e hijos. En estas situaciones es probable que sean los mismos adolescentes quienes tengan la iniciativa de compartir con sus padres muchas de sus preocupaciones, o de hablarle acerca de sus amigos o de sus actividades. Durante la adolescencia es muy probable que, si la comunicación es buena, el adolescente hable a sus padres acerca de su implicación en algunos comportamientos relacionados con el alcohol, las drogas, o la sexualidad.  Como también es bastante probable que los padres desaprueben estos comportamientos y se sientan muy preocupados al respecto, es de esperar que reaccionen de forma muy intensa y emocional abroncando al chico o chica  por su conducta. Si ese es el caso, lo normal es que a partir de ese momento el adolescente se  muestre mucho más comedido en sus revelaciones, aunque ello no suponga que abandone su implicación en las conductas en cuestión. Por lo tanto, los padres habrán perdido una magnífica ocasión para mantenerse informados sobre algunos asuntos relativos a sus hijos.
En estas situaciones lo recomendable es mantener la calma y valorar positivamente la muestra de confianza del hijo o hija por revelarles un asunto personal. Ello no quiere decir que se reaccione con indiferencia ante la transgresión, que debería ser abordada más adelante, separándola claramente de la confidencia y evitando caer en el sermón o la regañina.


domingo, 1 de marzo de 2015

Desigualdades sociales y salud



Que la desigualdad haya aumentado hasta límites desconocidos hasta ahora en nuestro país es una de las consecuencias más dolorosas de la crisis y de las políticas llevadas a cabo por el gobierno del Partido Popular. Aunque hay que reconocer que la crisis no ha venido sino a ahondar en unas diferencias sociales que ya eran indignantes, y que siempre se justifican echando mano a la maldita meritocracia. Esa idea tan asumida de que unos seres humanos son más valiosos que otros, y por ello tienen todo el derecho a gozar de mejores condiciones de vida.
Sin embargo, muchas sociedades tradicionales han tenido unas estructuras sociales basadas en la igualdad. Y hay razones sobradas para que la búsqueda de la igualdad (o la envidia) haya sido seleccionada a lo largo de la historia evolutiva de la humanidad, puesto que nuestro valor de mercado como pareja sexual no viene indicado por nuestras características y posesiones, sino por su comparación con las de los demás. Si yo tengo algo, pero mis congéneres tienen el doble, es muy probable que yo tenga pocas posibilidades de emparejarme y transmitir mis genes.
Por lo tanto, la envidia parece tener un claro valor adaptativo ya que la desigualdad y el bajo estatus en el grupo generan estrés y problemas de salud (sobre todo cuando uno es el que envidia, y no el envidiado). El impacto de la desigualdad sobre la salud ha sido documentado por el epidemiólogo británico Richard G. Wilkinson en sus obras: The Impact of Inequality: How to Make Sick Societies Healthier; Mind the Gap: Hierarchies, Health, and Human Evolution, y, recientemente, Social determinants of Health (Este último coeditado con Michael Marmott).

Los trabajos de Wilkinson ponen de relieve que aunque la clase trabajadora de países como EEUU tenga más recursos materiales que la clase media de países con una menor renta per cápita, sus niveles de mortalidad y morbilidad son claramente superiores. A juicio de Wilkinson, es el estrés generado por la desigualdad, por el bajo estatus social y por la falta de control sobre la propia vida, lo que hace enfermar a la gente, y no otros factores como la alimentación o los recursos materiales. Ello explicaría, en gran parte, por qué las políticas liberales (p.e. los gobiernos de Margaret Tatcher) conllevan un empeoramiento de la salud de la población general, y sugiere que las políticas redistributivas de igualdad y justicia social son una buena fórmula para mejorar la satisfacción vital y la salud de la población. Además, es también bastante probable que en sociedades muy competitivas paguen su tributo en salud no sólo quienes tienen un bajo estatus, sino también quienes están arriba, que deberán luchar permanentemente por mantener ese estatus, y les quedará poco tiempo para relajarse.
Es mucho el trabajo que tendrá por delante  el gobierno que salga de las próximas elecciones, si quiere revertir las enormes desigualdades  sociales creadas por el gobierno actual, que ha llevado a que el 1% de la población española acapare el 27% de la riqueza, y que un 10% se haga con más del 55%, mientras que la población en riesgo de pobreza supera claramente en muchas comunidades autónomas el 25%.

domingo, 15 de febrero de 2015

La Epidemia Narcisista


La sociedad norteamericana ha experimentado durante las últimas décadas un preocupante cambio de valores, que ha desembocado en un aumento significativo de las personalidades narcisistas. Eso al menos es lo que afirman en su último libro Jean Twenge y Keith Campbell, profesores de las universidades de San Diego y Georgia respectivamente. Un hallazgo realizado a partir de la comparación de las respuestas que varias generaciones de estudiantes universitarios, comenzando en los años 80, han ido dando a una serie de cuestionarios, entre los que se encuentra el Inventario de Personalidad Narcisista. 

Los autores no se refieren al trastorno narcisista de la personalidad, una patología seria recogida en el DSM-V, sino a personalidades caracterizadas por una autoestima inflada y desmedida,  vanidad, dificultad y frialdad en las relaciones afectivas, búsqueda de atención e interés prioritario por los bienes materiales y la apariencia física. Apuntan Twenge y Campbell a una serie de manifestaciones de ese narcisismo en la sociedad norteamericana, como la tendencia a poner a los hijos nombres cada vez más rebuscados y especiales,  el aumento de las operaciones de cirugía plástica, la preferencia por casas cada vez mayores o la búsqueda del éxito económico por encima de muchos otros valores.

Las causas de esta sociedad cada vez más individualista y materialista que conduce al narcisismo podrían ser diversas.  Una responsabilidad importante recaería sobre los padres, y es que los psicólogos hemos insistido tanto en la importancia de la autoestima que muchos padres y madres han confundido la expresión del afecto y el apoyo con una adulación permanente y un trato excesivamente halagador, lo que ha llevado a muchos chicos y chicas a creer que, más que especiales, son el centro del universo. Y no es que la autoestima no sea importante, pero tampoco se trata de tenerla por las nubes. Al fin y al cabo la relación que muchos estudios han encontrado entre autoestima y algunos indicadores de ajuste positivo se ha basado en estudios correlacionales de los que no cabe extraer relaciones causales. Por ejemplo, parece que la relación entre autoestima y rendimiento académico es espuria, es decir, debida a la influencia de una tercera variable: la calidad del contexto familiar. Y es que cuando ese contexto es favorable, tanto la autoestima como el rendimiento en la escuela se ven favorecidos. Basta controlar el efecto del medio familiar para que la relación entre autoestima y rendimiento  desaparezca.

Otro factor influyente serían los medios comunicación, con esos programas en los que se presentan personajes y celebridades extremadamente vanidosos, y en los que la vanidad no sólo no es sancionada sino que se considera como algo normal e incluso glamouroso. No es extraño  que muchos chicos y chicas aspiren a imitar a estos modelos públicos.   

Internet es un medio que permite a buscar atención y fama de una forma que era imposible unas décadas atrás. Facebook, Twitter, Flickr  y otras redes sociales son una excelente plataforma para que esas personalidades narcisistas consigan la atención que sus egos necesitan.  De hecho, algunos estudios encuentran relación entre las puntuaciones altas en narcisismo y el número de amistades virtuales (Creo que voy a tener que empezar a borrar amigos de Facebook).


En fin, una teoría interesante la que nos presentan Twenge y Campbell, que nos hace pensar que tal vez sea necesaria una reflexión profunda sobre los valores que desde escuelas y medios de comunicación estamos promoviendo entre las generaciones más jóvenes. Pero no sólo en ellas, que el narcisismo no se limita a la juventud y adolescencia.

domingo, 8 de febrero de 2015

Sobrepeso y adolescencia




Adolescencia y sobrepeso son dos términos que se asocian con frecuencia. Y es que la mayoría de los estudios llevados a cabo en países occidentales revelan que el porcentaje de adolescentes con sobrepeso es elevado, superando en muchos casos el 25%. También encuentran algunos estudios que los adolescentes con problemas de obesidad tienen un riesgo considerablemente mayor de desarrollar durante la edad adulta obesidad grave o mórbida, es decir, la modalidad más grave que suele llevar aparejada importantes problemas de salud. Al menos eso es lo hallado en un estudio realizado en EEUU, que ha seguido a 8.834 adolescentes desde los 12 hasta los 21 años.

Hay factores contextuales que pueden explicar en gran parte este sobrepeso en nuestros adolescentes, como son la falta de ejercicio favorecida por el exceso de tiempo que pasan enganchados a ordenadores y videojuegos, o la ingesta de comida basura. No obstante, al igual que ocurre con otros problemas propios de esta etapa, no debe olvidarse la posible influencia de factores biológicos. Me refiero sobre todo a los relacionados con la pubertad y el desarrollo cerebral.

Ya he comentado en entradas anteriores que durante la adolescencia se produce un claro desequilibrio entre el circuito cerebrales relacionados con la puesta en marcha de los impulsos y  el que se ocupa de controlarlos. Y es que los cambios hormonales propios de la pubertad van a influir en una hiperexcitación del primero de ellos, el circuito mesolímbico de recompensa que utiliza la dopamina como neurotransmisor principal. En cambio, la corteza prefrontal, que tiene entre sus funciones el control de los impulsos, dista mucho de haber alcanzado su madurez. De ahí que el adolescente se comporte como un vehículo con un motor muy potente y con unos frenos muy deficientes.

En circunstancias normales los niveles de dopamina que fluyen por el cerebro del adolescente son inferiores a los que impregnan el cerebro adulto, lo que podría explicar que chicos y chicas se muestren en muchos ocasiones aburridos y apáticos, ya que el placer y la motivación tienen mucho que ver con la dopamina, y cuando ésta baja el estado de ánimo se resiente. Sin embargo, distintos comportamientos y sustancias pueden provocar la liberación de dopamina. Las drogas, el alcohol, los comportamientos de asunción de riesgos o los videojuegos tienen la capacidad de hacer que el cerebro del adolescente se inunde de dopamina en una proporción mayor que cuando esos comportamientos los realiza una persona adulta. Así, no debe extrañarnos que los jóvenes se impliquen en ellos en mayor medida que los mayores. Sobre todo si  se une la circunstancia de una corteza prefrontal que aún no ha alcanzado su madurez.

Pues bien, si ese desequilibrio entre sistemas cerebrales nos ha servido para entender la mayor implicación de chicos y chicas en conductas adictivas y de asunción de riesgos, también va a servirnos para comprender la compulsividad que muchos adolescentes muestran a la hora de ingerir alimentos de altos niveles glucémicos.  Así, alimentos procesados, o incluso los hidratos de carbono simples como las patatas y el pan, pueden provocar una rápida subida de los niveles de dopamina y de la actividad del circuito cerebral del placer.


Ahora ya sabemos porque ese adolescente que comienza a comer dulces, patatas o pan, no para hasta que no acaba con todo. Y es que estos alimentos son capaces de generarle una adicción de características similares a las que le provoca el consumo de drogas, el uso del móvil o los videojuegos. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Psicología y Fotografía: Estilo, maestría y creatividad en fotografía


Afirmaba Susan Sontag que la enorme versatilidad de la fotografía hace que no tenga mucho sentido hablar de estilo. El pintor desarrolla un estilo a lo largo de los años que hace que su obra sea reconocible. Sin embargo, en la fotografía "las cualidades formales del estilo -méta central de la pintura- a lo sumo tienen importancia secundaria, mientras que siempre tiene fundamental importancia qué es lo fotografiado." (Sontag, 1973, pag. 135).

Pese a esa libertad que la cámara ofrece al fotógrafo para hacer piruetas estilísticas, cada mirada tiene su peculiar forma de atrapar la realidad y con el tiempo el fotógrafo es reconocible en su obra. Aunque conseguir combinar originalidad y creatividad con una cierta constancia en el estilo solo está al alcance de algunos favorecidos por las musas. Y es que la maestría, o el dominio que la práctica intensiva en una actividad trae consigo, no siempre va acompañada de un aumento de la creatividad. Más bien puede ocurrir lo contrario.

Es cierto que la maestría nos brinda la posibilidad de ser más eficientes, de resolver con menos esfuerzo las situaciones problemáticas que se nos presentan en el ejercicio de nuestra profesión o de nuestros hobbies. La experiencia acumulada del experto le lleva a actuar de forma más intuitiva, saltándose los pasos lógicos y ordenados propios del que se inicia. Esa intuición, que es el destilado de mucho esfuerzo y dedicación, tiene su sustrato neurológico: el cerebro establece conexiones entre células en forma de patrones neuronales. Por lo tanto, cuando el experto afronta una nueva situación fácilmente encuentra en su cerebro algún patrón ya construido del que podrá tirar para resolver con decoro esa situación.

Con la edad, y con la práctica y el envejecimiento natural de nuestro cerebro ocurren dos cosas; por una parte acumulamos una mayor número de patrones neuronales, lo que nos convierten en expertos; pero, por otra parte, nuestra energía mental ya no es la que era cuando teníamos 20 años y nos vamos volviendo mentalmente perezosos: cada vez dedicamos menos tiempo y esfuerzo a resolver nuevos problemas y encontrar soluciones fotográficas originales. Lo que hacemos es tirar de nuestra experiencia buscando en nuestra mochila de patrones visuales, ya que es muy probable que allí encontraremos algo útil. El inconveniente que tiene esta forma de trabajar es que nos repetimos una y otra vez. Nos vamos haciendo muy previsibles en un estilo eficaz pero que poco a poco va perdiendo frescura y originalidad. Eso explica que la mayoría de estudios encuentre que la curva de la creatividad suele tocar techo antes de los 40 años, y que maestría y creatividad sigan trayectorias divergentes. No obstante, puede haber algunas excepciones, como la de aquellos sujetos que empezaron a una edad tardía su actividad "artística". En esos casos,  el bagaje de patrones acumulados será escaso y tendrán que esforzarse en encontrar nuevas soluciones a los problemas que afronten, por lo que su curva de creatividad llevará algún retraso. Otro caso será el de algunos individuos excepcionales, cuya insatisfacción permanente les llevará a una búsqueda continua de nuevas fórmulas expresivas. Pero, no nos engañemos, esos son los menos, la mayoría tendremos que mirar hacia atrás para ver que encontramos.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Autonomía emocional en la adolescencia y adultez temprana


Tratar de lograr una cierta autonomía emocional con respecto a los propios padres es una de las tareas evolutivas a las que chicos y chicas deberán hacer frente durante los años de la adolescencia.  Esta autonomía implica romper la dependencia emocional de los padres, a los que se empieza a contemplar de una manera menos idealizada y más realista. Esta independencia emocional es un asunto que ha generado mucho interés y controversia entre los investigadores. Por una parte nos encontramos con quienes defienden que el distanciamiento afectivo es necesario para el desarrollo psicológico saludable de los adolescentes. De acuerdo con este punto de vista, la autonomía emocional tendería a aumentar a lo largo de la adolescencia y estaría asociada positivamente a un buen ajuste psicológico. Por otra parte están los autores  que no lo ven tan claro, y que piensan que esa separación emocional podría ser la manifestación de unas malas relaciones parento-filiales, por lo que estaría vinculada con algunos indicadores de desajuste emocional.

Con el propósito de arrojar luz sobre ese debate, y sobre otros asuntos, llevamos a cabo un estudio longitudinal en el que estudiamos a lo largo de una década, entrevistándolos en cuatro ocasiones (a los 13, 15, 18 y 22 años), a una muestra de 90 chicos y chicas andaluces.

Los resultados, que van a ser publicados en la revista de la European Association for Research on Adolescence, apoyaron la hipótesis de que una alta autonomía emocional en jóvenes y adolescentes podría estar indicando unas pobres relaciones familiares, más que un desarrollo psicológico saludable.  Así, las puntuaciones altas en la escala de autonomía emocional usada en el estudio se asociaron con una pobre cohesión emocional entre los miembros de la familia en etapas anteriores. Es decir, una mala relación con los padres tendía a predecir una elevada autonomía años después. Este distanciamento afectivo también estuvo relacionado con una menor satisfacción vital, y con más problemas ansioso-depresivos, especialmente entre las chicas. Por último,  tampoco se observó un aumento en la autonomía emocional durante el tiempo que duró la investigación, como cabría esperar si se tratase de una tarea evolutiva. Incluso las puntuaciones tendieron a disminuir durante los años finales de la adolescencia.

Estos resultados podrían resultar sorprendentes, sin embargo pueden ser interpretados en el marco de la teoría del apego. Estos adolescentes muy autónomos emocionalmente no se habrían distanciado de sus padres durante de la adolescencia, sino que  más bien habrían forjado con ellos, a lo largo de la infancia, un vínculo de apego inseguro, como consecuencia de la falta de afecto y apoyo parental. A fuerza de frialdad afectiva habrían aprendido a no confiar en sus padres y a no depender de ellos, adquiriendo una autosuficiencia afectiva que les habría llevado  a huir de las ataduras emocionales que se forjan en las relaciones interpersonales.

Como conclusión, se puede afirmar que un desarrollo óptimo durante la adolescencia no precisa de una ruptura de los vínculos afectivos con los progenitores, ya que, al menos en nuestro contexto cultural, se puede llegar a ser un adulto maduro e independiente sin renunciar a una buena relación emocional con los progenitores.



miércoles, 26 de noviembre de 2014

Parentalidad positiva en la adolescencia


Ser padre o madre de un chico o una chica adolescente puede ser una de las vivencias más gratificantes que se pueden tener en el ejercicio de la parentalidad. Asistir al surgimiento de nuevas formas de pensar, ver cómo desarrolla nuevas competencias sociales y nuevos intereses o charlar sobre asuntos estimulantes, son algunas de las experiencias más satisfactorias que puede disfrutar una madre o un padre con la llegada de la adolescencia. Sin embargo, las dudas, la incertidumbre, la desorientación y la impotencia suelen ser sentimientos frecuentes entre progenitores de adolescentes. Después de una etapa relativamente satisfactoria, en la que el ejercicio de la parentalidad les llevó a sentirse competentes en su papel, con la llegada de la pubertad muchos padres y madres tienen la sensación de que su mundo familiar se resquebraja bajo sus pies y que las relaciones cálidas y afectuosas que hasta ahora habían sostenido con sus hijos dan paso a discusiones y conflictos cotidianos que amenazan con socavar tanto la convivencia en el hogar como su propio equilibrio mental.  Son muchas las causas que justifican que en la mayoría de ocasiones ser madre o padre de un adolescente sea más complicado que serlo de un niño más pequeño. Y es que a los cambios que tanto hijos como padres suelen experimentar durante esta transición evolutiva habría que añadir algunas de las circunstancias socio-culturales del mundo actual, que pueden complicar aún más la vivencia de esta etapa. Algunos ejemplos de estas circunstancias son la enorme presencia de los medios de comunicación en nuestras vidas, que contribuyen a difundir una imagen muy sensacionalista y negativa de la adolescencia y que va a generar un intenso prejuicio entre las personas adultas. O el adelanto de la pubertad que ha acontecido durante las últimas décadas, que ha tenido la consecuencia de que muchos de los comportamientos adolescentes que más preocupación generan entre los padres sean más precoces. Y también la rapidez con la que se producen los cambios sociales que han contribuido a aumentar la brecha generacional.

A pesar de esas dificultades y de la importancia que la familia continúa teniendo como contexto de socialización durante la adolescencia, las actividades y los programas llevados a cabo para apoyar a madres y padres en su tarea parental no suelen ser tan frecuentes como lo eran en la infancia. El resultado es ese cierto desamparo que muchos progenitores reconocen experimentar ante una tarea que se les antoja demasiado complicada, y que va a requerir que el apoyo a madres y padres de adolescentes sea una necesidad prioritaria de cara a favorecer la convivencia familiar y el desarrollo y ajuste adolescente.

Sin embargo, sin negar  las dificultades iniciales, muchos padres y madres disfrutan bastante en esta etapa del ejercicio de su rol parental. Cuando disponen de las estrategias y el apoyo adecuado, ser padre o madre de un adolescente puede convertirse en una experiencia tremendamente gratificante.

Durante los últimos años ha tenido lugar un importante cambio en la forma de entender el apoyo que se presta a madres y padres de adolescentes para que puedan ejercer su rol de forma más favorable. Los primeros programas de intervención estuvieron claramente inspirados en la teoría del déficit y de la educación compensatoria, ya que se concebían como una vía para compensar las carencias de algunos entornos familiares; es decir, se consideraba la intervención sobre padres y madres como la actuación más indicada para modificar las pautas de comportamiento inapropiadas de unos progenitores considerados poco competentes, con la esperanza de que así aportarán a los niños y las niñas un entorno de desarrollo menos deficitario.

Frente a esta visión más tradicional en la educación de padres y madres, surge el enfoque de la parentalidad  positiva, basado en la optimización de competencias, más que en la compensación de deficiencias. Un enfoque que parte del convencimiento de que la actuación de padres y madres en la crianza y educación de los hijos es una tarea para la que no se recibe una formación adecuada y para la que, en mayor o menor medida, todas las familias experimentan ciertas necesidades de apoyo. Se trata, por tanto, de una intervención de carácter eminentemente preventivo, que busca la promoción del desarrollo de toda la familia y que se aleja de los modelos que consideran a las familias más vulnerables como las únicas necesitadas de apoyo cuando no funcionan de forma adecuada.

Oliva, A., Parra, A y Reina, M. C. (en prensa). Parentalidad Positiva durante la Adolescencia: Promoviendo los activos familiares. En A. Oliva (Ed.). Desarrollo Positivo Adolescente. Madrid: Síntesis.


viernes, 7 de noviembre de 2014

La autoestima a lo largo de la vida



Llamamos autoestima a la valoración subjetiva que hacemos de nosotros mismos como personas, lo que implica un sentimiento de auto-aceptación y auto-respeto. Una buena autoestima no conlleva la consideración de que somos mucho mejores que los demás, algo que suele ser frecuente en las personalidades megalómanas y narcisistas, y que puede estar escondiendo una personalidad frágil e insegura. Sencillamente se trata de querernos y valorarnos tal como somos.

La autoestima se forja en las primeras etapas de la infancia a partir de nuestras experiencias en la escuela y, sobre todo, en la familia: cuando nos sentimos queridos y aceptados nuestra autoestima crece con nosotros. Pero ¿cómo evoluciona a lo largo de la vida? ¿Se trata de un rasgo estable y poco sujeto al cambio o va a sufrir vaivenes como consecuencia de nuestras vivencias y experiencias? Ulrich Orth y Richard Robins,  profesores de las universidades de Berna y California,  han publicado recientemente una revisión, a partir de los estudios longitudinales realizados hasta la fecha, que responde cumplidamente a ambas preguntas.

En cuanto a su evolución a lo largo del ciclo vital los datos son bien claros: la autoestima aumenta a lo largo de la adolescencia y la adultez temprana y media hasta alcanzar su nivel más alto en la década de los 50. A partir de ese momento sufre un descenso continuo hasta el final de la vida. No obstante, este descenso va a ser más o menos acusado en función de algunas variables tales como el estado de salud o de la cuenta bancaria, de manera que las enfermedades y la falta de recursos económicos acelerarán esta pérdida de autoestima.

Esta trayectoria en forma de "U" invertida suele ser similar en ambos sexos, aunque a partir de la adolescencia los varones muestran una autoestima ligeramente superior a las mujeres, algo que no debe sorprendernos si tenemos en cuenta las mayores facilidades y oportunidades que ellos van a encontrar, sobre todo en el mundo laboral.

Si bien el sexo no establece diferencias en la trayectoria de la autoestima sí lo hacen otras variables personales, así las personas extrovertidas, concienzudas y estables emocionalmente muestran un desarrollo más positivo a lo largo de las etapas de la vida.

Con respecto a la mayor o menor estabilidad de la autoestima durante nuestras vidas, los datos también parecen ser muy claros, ya que apuntan en el sentido de considerarla un rasgo de la personalidad bastante estable y relativamente independiente de las contingencias ambientales. Es decir, a pesar del incremento que se observa en la mayoría de sujetos entre la adolescencia y la adultez media, quienes  muestran puntuaciones en autoestima por debajo o por encima de la media al comienzo de ese periodo tienden a situarse en posiciones parecidas del ranking años después. Esto quiere decir que se puede predecir la autoestima que tendrá un sujeto con varias décadas de antelación, y que este rasgo no suele fluctuar demasiado como respuesta a los éxitos y fracasos, más bien se muestra bastante resistente a estas circunstancias vitales.

Finalmente, hay que señalar que los estudios longitudinales más recientes encuentran que la autoestima es un potente predictor del bienestar y el éxito de una persona en distintas esferas de la vida (satisfacción marital, relaciones con los demás, salud, estatus profesional, satisfacción laboral). Es decir, se puede afirmar que una buena autoestima no es la consecuencia lógica de nuestros logros, sino más bien la causa de ellos o, al menos, un factor que nos ayuda a conseguirlos.


Orth, U & Robins, R. W. (2014). The development of self-esteem. Current Directions in Psychological Science, 23 (5), 381-387.